¡Tú deliras, colega!

Sencillo, rápido y claro… o eso parece. Si alguien nos dice que deliramos, no nos tocamos la frente y respondemos un “qué va, tío, no tengo fiebre”. Entendemos rápidamente el concepto: nuestro interlocutor cree que estamos diciendo una tontería, algo absurdo, un sinsentido.

Pero, ¿realmente el delirio es un concepto tan claro? Veamos cómo lo define la Real Academia de la Lengua Española: “Desorden o perturbación de la razón o fantasía originado de una enfermedad o una pasión violenta”. Así las cosas, parece que puede delirar tanto un Don Yonki De Heroína como un notable Don Apasionado Del Teatro, por ejemplo. Empieza el lío.

Vayamos al origen etimológico: al latín. La palabra delirio proviene de “delirare”, donde “lirare” significa abrir surcos y el prefijo “de” moviliza el término, viniendo a decir que el que delira “abre surcos en cualquier dirección, apartándose de la costumbre y tradición”. Ciñéndonos a esto, cualquier revolucionario, artista, creativo o transgresor podría ser definido como un ser delirante. Empieza a hacerse cuesta arriba entender esto.

Recurramos a la psicología, a ver si nos aclaramos algo. En psicología el deliro es un trastorno del contenido del pensamiento. Es, por tanto, una creencia personal errónea basada en inferencias arbitrarias a partir de una realidad externa, sostenida con firmeza a pesar de la existencia de evidencias en contra y que no es aceptada por otras personas del mismo grupo cultural.

Así pues el que delira no tiene por qué ver enanos asesinos subidos a hombros de personas, ni escuchar voces que le digan que tiene que correr despavorido para salvar la vida (aunque en muchos casos acabe por sufrir alguna de estas alucinaciones). Simplemente tiene que creer en algo que no sea verdad, algo en lo que no crean los demás; montarse su propia película. Simplemente eso. Sin embargo, algo que parece tan tangible, ¿es en fondo tan simple? ¿Dónde está el límite entre lo real y lo ilusorio? ¿Quién puede definir los criterios de veracidad versus falsedad? ¿No pueden existir “delirios” que contengan verdades o, incluso que, en un determinado punto se conviertan en realidad? Si, por ejemplo, la religión cumple todos los criterios de la definición psicológica menos el último (pues es compartida por una comunidad), ¿es más fiable que la creencia de un hombre que se siente controlado sólo porque millones de personas no sientan lo mismo? Parece que el diagnóstico no es tan fácil como se dibujaba a priori.

Es bien conocido el Efecto Marta Mitchell, amantísima esposa del fiscal general norteamericano durante la administración Nixon, quien denunció ante la prensa irregularidades en la práctica profesional de algunos funcionarios de la Casa Blanca. Se dijo que sufría un delirio. A los meses, se destapó el Watergate.

Es complicado, así que sólo nos queda aferrarnos a una serie de dimensiones que facilitan algo el término:

  • La fijeza, inmodificabilidad e incorregibilidad del pensamiento en cuestión.
  • El grado de intensidad o convicción que muestra la persona.
  • La ausencia de apoyos culturales.
  • La preocupación (siempre referida a uno mismo).
  • La implausibilidad (grado en el que la creencia se aparta de la realidad).

Celotipia, delirio de persecución, de referencia, de grandeza, de Sosías, de Capgras…múltiples subtipos de esta psicopatología que iremos conociendo y que podrían avalar aquello de que la razón es la locura de todos y la locura, la razón de uno…

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